lunes, 8 de marzo de 2010

¿Es posible una sociedad igualitaria?

En nuestro esfuerzo por iniciar un proceso de creación y re-creación de la utopía radical hemos generado este espacio, el que ponemos el debate el tema de la igualdad. Esperamos sus aportes.

La igualdad ha sido un ideal movilizador que ha inspirado grandes luchas humanas, reflexiones y debates. Respecto a ella se han articulado diversas definiciones, que están asociadas a la matriz ideológica de quien las sustenta. Carlos Marx, por ejemplo, soñaba con una sociedad de productores libres, una sociedad igualitaria; en tanto, Hobbes se cruzaba a ese ideal señalando que la igualdad en general no era posible.

Desde los antiguos no ha sido viable cristalizar una sociedad igualitaria. En efecto, según nos informa el Profesor George Sabine, en la ciudad-estado de Atenas residían algo más de 300 mil habitantes, quienes estaban sometidos a una rigurosa estratificación. Por ende: desigualdad.

En el grado más bajo se encontraban los esclavos, quienes no contaban políticamente en la ciudad-estado, pese a ser la mayoría; el segundo grupo estaba compuesto por extranjeros residentes o metecos, había una serie de requisitos (como residencia de varias generaciones) para acceder a ser ciudadano, por ende, ellos como los esclavos estaban excluidos de la actividad política; un tercer grupo, estaba conformado por ciudadanos comerciantes, artesanos o agricultores, quienes veían limitada sus posibilidades de intervención política, en razón de que debían dedicarse a sus labores particulares. Por cierto, las mujeres estaban excluidas de suyo.

En la cúspide estaban los ciudadanos, miembros de la polis y con derecho a tomar parte en la vida política de la ciudad-estado, no eran más de 5 mil personas.

Y ello era justificado por los pensadores griegos en que “el problema político consistía en descubrir el lugar que debía ocupar cada especie o clase de hombre en una sociedad sana, constituida de tal modo que pudiesen desarrollare en ella todas las formas significativas de trabajo social” (Sabine, 2006, pág. 31-33)

Lo anterior, se mantuvo en la sociedad feudal, moderna, en la democracia occidental representativa, en los socialismos burocráticos, en los socialismos democráticos. En fin, como dijera Gaetano Mosca, siempre ha habido elite y masa; o Carlos Marx en el Manifiesto Comunista, explotados y explotadores; o Max Weber, en Economía y Sociedad, oprimidos y opresores.
El filosofo inglés Berlin, confirma lo que señalamos al escribir que “el ideal de la completa igualdad social encierra el deseo de que todo y todos sean lo más semejantes posibles a todo y a todos los demás”. Pero, al igual que Rousseau, en el Origen de la Desigualdad Entre Los Hombres, advierte que “la disparidad en la posesión, o disfrute, de las características o de los bienes que han sido ávidamente deseados por los hombres, la más de las veces; tales como la propiedad material, el poder social o político, el rango, las oportunidades para el desarrollo de las facultades, o a la obtención de experiencias, toda suerte de libertades y privilegios personales y sociales” (Berlin, 2004, Pág. 160), generan grandes fuentes de desigualdad y, por ende, no es posible hablar de sociedad igualitaria.

De la opinión que nos ofrece Berlin, se desprende que en una sociedad desigual no es posible hablar de democracia, debido a que siempre habrá un sector que esté al margen del ejercicio del poder. Es decir, excluido y marginado del goce de la libertad y derechos de carácter político.

Tal situación no sólo se da en el marco de una democracia occidental representativa en la cual, según los críticos, no existe ni igualdad, ni libertad.

En los socialismos burocráticos, también, tal situación se expresó o expresa. En efecto, en un encendido debate que enfrentó a Noam Chomsky y Michel Foucault, en 1971, en la televisión holandesa, lo dicho queda plenamente ilustrado. Chomsky argumentaba que en la lógica de construir una sociedad igualitaria, justa y feliz, los protagonistas de tal lucha podían caer en injusticias y en desigualdad, ya que el norte es una sociedad mejor. Frente a tal argumento, Foucault retrucó: “Cuando el proletariado tome el poder, es muy posible que ejerza sobre las clases derrotadas un poder violento, dictatorial, e incluso sangriento”. Al respecto Chomsky señaló que ello conduciría a una sociedad más justa e igualitaria, en la que “el proletariado será la clase universal. Si no fuera por esa justificación futura, sin duda la idea de una dictadura violenta y sanguinaria del proletariado sería injusta”. Foucault reitera su preocupación por una acción violenta y sanguinaria bajo cualquier pretexto. Frente a lo cual Chomsky plantea que la violencia y la creación de cierto grado de injusticia, “si tiene por finalidad la obtención de una mayor justicia e igualdad se justifica plenamente” (Elders, 2007, Págs. 67-75).

A la luz de estos autores, de la doxa democrática occidental, de la experiencia de los socialismos burocráticos y democráticos, a partir del relato histórico de la humanidad que Balter Benjamin señala que está compuesto por dos relatos: el de los vencedores y derrotados, la igualdad no se ha cristalizado en ningún tipo de sociedad, ni tiempo humano. Ni siquiera en el Estado Naturaleza de Rousseau.

¿Y porqué? Por el factor humano. Sólo habrá igualdad, como lo escribiera Gastón Bachelard, cuando se asuma que la “imaginación no es (…) la facultad de formar imágenes de la realidad; es la facultad de formar imágenes que sobrepasan la realidad, que cantan la realidad. Es una facultad de sobrehumanidad. Un hombre es hombre en la proporción que es un superhombre. Un hombre debe ser definido por el conjunto de las tendencias que lo impulsan a sobrepasar la condición humana” (Bachelard, 1998, Pág. 31).

Trabajos citados

Bachelard, G. (1998). El Agua y Los Sueños. México DF: Fondo de Cultura Económica.
Berlin, I. (2004). Conceptos y Categorías. México DF: Fondo de Cultura Económica.
Elders, F. (2007). Chomsky/Foucault: La Naturaleza humana, Justicia Versus Poder. Buenos Aires: katz Discusiones.
Sabine, G. (2006). Historia de la teoría política. México DF: Fondo de Cultura Económica.

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